Una de las grandes magias del mezcal es que no depende de una sola planta. Cada especie de agave aporta su propia personalidad, terroir y carácter.
En el caso de Hijo del Fuego, el corazón de su sabor está en tres variedades que se unen en un ensamble poblano muy particular: Espadín, Cupreata y Papalometl.
Espadín: la base y la claridad
El Espadín es uno de los agaves más conocidos en el mundo mezcalero. Crece relativamente más rápido que otras especies y aporta:
- Perfil limpio y equilibrado.
- Dulzor sutil de agave cocido.
- Notas florales suaves.
En Hijo del Fuego, el Espadín funciona como la columna vertebral: sostiene el conjunto y deja que las otras variedades brillen sin perder el equilibrio.
Cupreata: el silvestre y mineral
La Cupreata crece en zonas de sierra y suelos pedregosos. Eso se nota en:
- Notas herbáceas intensas.
- Toques de tierra roja y piedra húmeda.
- Textura sedosa en boca.
En el ensamble, es la parte salvaje y mineral que conecta el mezcal con la montaña y el campo poblano.
Papalometl: el complejo y profundo
El Papalometl es la capa de profundidad del ensamble. Se distingue por:
- Aromas especiados.
- Matices afrutados.
- Un retrogusto que se queda en la memoria.
Es el agave que le da al mezcal ese toque de “espera, quiero otro trago”, porque lo que deja al final es tan interesante como el primer sorbo.
¿Por qué un ensamble y no un solo agave?
Porque un ensamble bien hecho es como una buena banda:
- Cada “músico” (agave) aporta su instrumento.
- Ninguno se come al otro.
- Juntos crean un sonido que no podría existir por separado.
Hijo del Fuego no busca que solo identifiques un agave, sino que disfrutes cómo se entrelazan tres historias en una sola copa.